Los «casos» y la ficción: Aquí ha pasado mucho

Por Daniel Matamala, periodista

El «Caso Larraín». El «Caso Atala». El «Caso Zamudio». Un recuento de algunas de las películas más aclamadas de 2016 en el cine chileno se parece bastante al recuento de los hechos que, resumidos por el apellido de sus protagonistas, han motivado grandes debates sobre los aspectos más oscuros de nuestra sociedad.

Siempre es voluntarioso describir una escena cultural por algunos de sus productos. Más que nunca en este 2016 en que 39 estrenos chilenos llegaron a las salas (25 ficciones y 14 documentales). Pero, si juzgamos por algunas de las obras que dejaron una huella más perdurable en el resumen del año, sí podemos dibujar una conclusión: 2016 fue el momento en que la ficción chilena se hermanó con ciertos hitos noticiosos que marcan la evolución cultural de un país en vertiginoso cambio.

Mientras los documentales se alejan de los temas de derechos humanos y de la contingencia más dura para hablar sobre ecología («Los castores», «El final del día», «Cuando respiro») o historias íntimas («El rastreador de estatuas», «El soltero de la familia», «Si escuchas atentamente»), la ficción se sumerge en las noticias como inspiración.

Pero no en cualquier noticia. El «Caso Larraín» puso en el tapete la impunidad de los poderosos en Chile, el «Caso Atala» fue un emblema de la discriminación legal contra las minorías sexuales, y el «Caso Zamudio», de la violencia física contra ellas. De esas inspiraciones surgen tres cintas que trascienden con mucho los casos que las inspiraron: «Aquí no ha pasado nada», «Rara» y «Nunca vas a estar solo».

La ficción chilena se hace cargo así del ciclo de impugnación social inaugurado con las protestas de 2011, y acelerado en 2015-2016. Una impugnación que ha tenido un blanco doble.

Por un lado, apunta contra los privilegios de la élite, y la impunidad de sus prácticas (Penta, SQM, Caval, Karadima, colusiones). Por el otro, contra el orden social conservador, marcado por la discriminación a mujeres, minorías sexuales y étnicas.

Por eso, más allá de la multiplicidad de temas de contingencia que inspiran las ficciones de 2016 (el aborto en «7 semanas»; la pedofilia en «Talión», la violencia intrafamiliar en «El maltrato»…), me parece que lo más relevante de 2016 es cómo la ficción chilena descubre su propia voz para hacerse cargo de este ciclo de impugnación, tan distinto a los 17 años de la dictadura y a los 21 que suelen englobarse bajo el engañoso término «transición».

Por eso, tampoco sorprende que el gran éxito de taquilla del año (y la segunda película más vista en la historia del cine chileno) sea «Sin Filtro». Una comedia sobre una mujer sometida que de pronto estalla y comienza a decir y hacer todo lo que ha reprimido sobre las figuras de poder en su vida, garabateando a su jefe, su marido y a cualquiera que se cruce por su camino.

El éxito de taquilla de «Sin Filtro», refleja cómo queremos vernos a nosotros mismos: como personas liberadas, irreverentes, capaces de cuestionarlo a todo y a todos. Un Chile que pasa, a la velocidad de las redes sociales, del extremo de la obsecuencia del inquilino, al extremo opuesto de la grosería del tuitero escondido tras su smartphone.

Mientras, el éxito de crítica de «Aquí…», «Rara» y «Nunca…» refleja una mirada más reflexiva, pero igualmente urgente, sobre las cicatrices humanas que esconden los impactantes casos de impunidad, discriminación y violencia.

Un año, en resumen, en que ha pasado mucho.